jueves, 9 de mayo de 2019

TIENES MÁS TRUCOS QUE JUEGO DE TRONOS


DESMITIFICANDO EL FENÓMENO
A sabiendas de que me meto en un jardín y sin ánimo de ofender, en esta entrega voy a dar un giro al contenido del blog, tocando un tema sensible: el fenómeno audiovisual de la década.
La  proximidad del final de la omnipresente serie, nos ha deparado un capítulo que presume de ser “la batalla más larga de la historia del cine” y que, en consecuencia, se titula “La larga noche”. Tan larga como los ocho años que muchos llevan esperando este momento.

Concebida como un alarde (15 millones de $, más de 700 actores) y creo que también como una apuesta (“a ver hasta dónde llegamos”), ha levantado tal tormenta en  redes y redecillas que hasta blogs tan serios como el de Pol Turrents  y el mismísimo El País se han hecho eco. Y yo no iba a ser menos, que cojones.

No se asusten, sólo me subo al carro del anacrónico lenguaje de camionero medieval que se usa en la serie, supongo que para congraciarse con el público adolescente, que lo practica con fluidez. Quizá sea este el primero de los trucos.
Porque Juego de tronos tiene más trucos que un cargamento de monos. Y no es que esto sea malo. El cine no es más que eso, desde los tiempos de Melies, pero el truco debe estar al servicio de la narrativa, no ser un medio para enganchar a millones de espectadores incautos. El guión del capítulo (como toda la serie) es un mecanismo de relojeria que va a lo seguro. Estructura clásica, sin un fallo. Pero por lo tanto, previsible en muchos momentos (para el que conoce la estructura, claro está).

Un esquemático análisis del controvertido y paradigmático capítulo nos deja muchos detalles reveladores. Veamos:

DURACIÓN: 77 minutos de batalla nocturna (con sus elipsis correspondientes). A priori parece que se puede hacer larga…
CABECERA: De visionado obligatorio dura 1,45”…larga. Muy larga. Pero sirve para empaparnos del tema musical, que enardece el espíritu cuan himno de la Legión y nos prepara para la batalla. Vamos, que nos engancha.
FOTOGRAFÍA: Muy valiente, como los personajes de la serie. Fotografiar la noche tal como es, negra, es un atrevimiento que sólo se puede acometer desde el triunfo consolidado y suponiendo que todos los espectadores ven el capítulo en una pantalla mínimo de 55” y en penumbra. En caso contrario la gama de grises, que está muy conseguida, se va al carajo y los que vean la serie en el Smartphone, pues ya saben. Que les den…
LENGUAJE EMPLEADO: ¡Ya lo he dicho, coño!
GAMA DE COLORES: Uso recurrente del azul en su papel de soporte visual del frio y la noche. Sólo los abundantes incendios dan la nota cálida. Y esos ojitos azules fosforescentes de los muertos añaden más frio a su maldad.
AMBIENTACIÓN: ¿Lo mejor? Gracias a Dios que aún no se ha incorporado el olor a las películas, porque la experiencia podría ser terrible.
SEXO: Este es el gancho más infalible pero en este capitulo no aparece, es lógico, no tienen tiempo. Y hablando de la ambientación, me resultan demasiado limpias y aseadas las damas que muestran sus perfectos cuerpos en el resto de casi todos los capítulos de la serie, un anacronismo que me gustaría saber cuantos puntos de share le proporciona.
Y una pregunta: ¿Es casual que la serie tenga 69 episodios?
MÚSICA Y EFECTOS: La BSO es excelente. El tema musical,  con cadencias descaradamente repetitivas es muy eficaz, apoyado por efectos “diapasón” (tic, tac, tic, tac) que atrapan el inconsciente del espectador poco consciente.
NARRATIVA:  Los guionistas han usado todas las recetas que el lenguaje audiovisual les ofrece, todo cuadra y no hay nada que no se justifique. Y aunque la serie ha dejado atrás a la obra literaria en que se basa (aún inconclusa), es dificil pensar que nos depare sorpresitas finales como por ejemplo las que nos regaló "Lost", fruto de ir escribiendo los guiones sobre la marcha. Las  historias son un viaje y este tiene un destino desde que empieza. Otra cosa es que nos permitan imaginarlo.
En este capítulo se emplea abundantemente el recurso de las “pistas”, que permiten al espectador “adivinar” lo que no ve, en base a sus conocimientos de las tramas y a los efectos de sonido que oímos pero no escuchamos (ver epígrafe anterior). Por ejemplo, tardamos más de 15 minutos en entrever al ejercito de los muertos. Es uno de los más clásicos y efectivos “trucos” narrativos.

El capítulo comienza dándose un homenaje cinematográfico, con un plano secuencia de más de dos minutos, que arranca del primer plano de un estrambótico puñal. ¿Recuerdan el arranque de Sed de Mal, de Orson Welles? Pues cambien la bomba por el cuchillo y ya está. En este caso se muestran los preparativos de la defensa de la ciudadela, pasando de un personaje a otro y siempre de forma confusa, en gran medida por culpa de la oscuridad. ¡Que es de noche!. Bueno, vale. Y el de Welles dura 3,15”, por cierto.

Sobre el minuto 11 escuchamos primero y vemos después, al ejercito de los dothrakis, provistos de espadas llameantes, que se adentran en las oscuridad, donde adivinamos que están los muertos esperando. Aquí está la primera crisis, pues vemos “horrorizados” como el griterío y las espadas llameantes se van apagando en el plano general mientras se hace el silencio.
Han muerto todos en un momento. Esto es innecesariamente subrayado por dos frases memorables: ”El rey de la noche viene” (J. Snow) a lo que Daenerys responde: “Los muertos ya están aquí”,  por si alguien no se había dado cuenta. Una pena, porque el “apagado” del ejercito es espectacular y se pierde parte de su efecto sobrecogedor.
Y además, ¿Por qué el Rey de la noche no resucita a esta tropa y la pone de su lado? A alguien se le ha olvidado algo. 

A partir de aquí (minuto 15), la confusión se adueña de la historia, desgarradores alaridos, golpes, tic  tac, tic, tac, montaje muy rápido que facilita el rodaje (A ti te quería ver yo…) sin luz, porque claro, los vivos están en franca inferioridad ya que los muertos, además de estarlo, ven en la oscuridad con unos ojillos-linterna azules muy bonitos. 
La cosa se va poniendo fea, los zombies asaltan la muralla, lo cual produce abundantes incendios que nos permiten ver algo. Una secuencia de pelea entre dragones (batalla aérea nocturna muy conseguida) se inserta entre numerosas escenas de apariciones de muerto tras esquina, carreras por pasillos tenebrosos y diversos momentos de susto o muerte, hasta que nos dan la primera pista del final: Arya Stark, haciendo molinetes con su lanza, mata (de nuevo) a un número incontable de muertos, lo que nos puede hacer sospechar que va a ser ella la que liquide al rey de los zombies (y no el previsible Snow), que hace su aparición en el minuto 32, aunque hasta el 55 no entra en acción. 


Porque de  lo que estamos seguros desde el principio, es de que este siniestro personaje tiene que desaparecer. Si ganase, este sería el último capítulo de la serie. ¿No? La única incógnita que tenemos es quién y de que artística forma le van a eliminar. Poca cosa para 15 millones de $.
Esto sucede en el ¡minuto 74! después de que, desde el 68, el susodicho bicharraco vaya liquidando “fríamente” y sin despeinarse, a todos los héroes y heroínas que se interponen en su camino. Por cierto, no tiene pelo, solo unos cuernecillos diabólicos (dicen que tardan seis horas en maquillarle).

Al fin, en una escena magnífica, Arya consigue clavarle un cuchillo en la única rendija de su armadura. Como el tipo es de hielo, estalla en mil pedazos y, tras él, va haciéndolo el resto de su ejercito (Dragón malo incluido), que queda reducido a asaduras sanguinolentas. La sorpresa no es que el Rey muera, sino quien le mata.

En los tres minutos que restan, la música energizante es sustituida por un lento y triste piano arropado por los violines, mientras la cámara nos muestra, en un blanco-azulado plano general, como Melisandre se aleja lentamente hasta caer muerta sobre la nieve. Ya se lo había dicho a su enemigo favorito: “No hace falta que me ejecutéis, Ser Davos, habré muerto antes del alba”.

Está claro que este análisis no será del gusto de los seguidores impenitentes de la serie, por lo cual pido disculpas. Pero es lo que hay.  En el cine, a estas alturas, es muy difícil hacer algo nuevo. Hay que ver más a los clásicos para que no nos den gato por liebre.

P.D.: La pólvora la inventaron los chinos hace muchos siglos y todavía hay algún “despistado” que la quiere patentar. Claro que más despistado será el que se la compre.



martes, 23 de abril de 2019

LOS ROSTROS DEL GENIO


En estos días en los que los políticos nos recitan su letanía de mediocridades, tenemos la suerte de que nos visite un genio que supo deslumbrar al mundo desde su particular caos y su inagotable curiosidad.


Leonardo, el polifacético artista que terminaba su currículo en el que se ofrecía a Ludovico Sforza afirmando (después de otros diez méritos que iban desde la construcción de puentes hasta el invento de tanques y ametralladoras) que “además sabía pintar tan bien como cualquier otro”. Que esto lo diga el autor de ”La Gioconda” o “La última cena”, nos da una idea de lo que se consideraba capaz de hacer.

En una doble muestra alojada en la Casa de las joyas y en la Biblioteca Nacional de Madrid hasta el 17 de mayo, organizada con el doble motivo del V centenario de su muerte y el intento de “ponerle cara”  (Leonardo da Vinci: los rostros del genio), podemos deleitarnos con su escritura en espejo y las ilustraciones de sus cuadernos, reflejo del genial desorden que enmarcó su vida.
Capítulo aparte merecen las maquetas de algunos de sus ingenios: El paracaídas, la ametralladora, el hombre pájaro, el tanque… que con excelente factura se nos muestran en ambas exposiciones.

Hijo no reconocido de un notario y paradigma de un Renacimiento del que todos los que nos dedicamos a la imagen somos herederos, su pensamiento era tan avanzado que, si los escritos que podemos contemplar en esta doble exposición no hubieran estado perdidos y dispersos tanto tiempo, seguramente la historia de la Humanidad habría discurrido por otros derroteros.


Leonardo acostumbraba a llevar colgado un cuaderno de notas en el que iba anotando todo lo que le interesaba o se le ocurría, el cartapacio o zibaldone.  El Códice Madrid II (que junto a Madrid I se exhibe en la BN) es uno de ellos y en esas páginas explica, entre otras cosas, un “sistema de reproducción simultánea de escritos e ilustraciones mediante planchas metálicas”, el vuelo artificial pilotado e incluso encontramos la descripción del momento mágico en el que halló la cuadratura del círculo, el problema matemático más famoso de la antigüedad:
“En la noche de san Andrés encontré la solución final de la cuadratura del círculo cuando ya se terminaba la vela, la noche y el papel en el que escribía, al filo del amanecer”.
Esto se plasmó en el “Hombre de Vitrubio”, imagen que aloja todas las proporciones humanas y que había sido descrito (pero nunca dibujado) por el arquitecto romano que le da su nombre. Cierto es que su hallazgo fue empírico, a compás y regla, pues Leonardo no poseía el conocimiento matemático suficiente, ni aun con la ayuda de su amigo Luca Pacioli, para resolver este problema que le obsesionó durante una década y que fue finalmente despejado por Leibnitz y Newton. Lo cual tiene aun más mérito.


Leonardo dibuja la figura de un hombre con los brazos  en cruz y las piernas separadas en un ángulo tal que el ombligo se halla en el centro del círculo y sus genitales en el del cuadrado. La figura nos revela un gran número de claves sobre las proporciones del cuerpo humano como que “la longitud de los brazos extendidos de un hombre es igual a su altura”, ”desde el codo hasta la punta de la mano será la quinta parte del hombre, “el pie es la séptima parte de la altura”, etc., todo ello enmarcado en el conocimiento del número áureo, otro de los misterios que Leonardo utilizó en sus obras.

Exposiciones altamente recomendables y, por ejemplo, una excelente forma de pasar la jornada de reflexión.






lunes, 25 de marzo de 2019

Man Ray; "Objetos de ensueño"






Tras Doisneau, y Beaton, de nuevo la Fundación Canal nos vuelve a regalar una magnifica muestra de uno de los fotógrafos clásicos más representativos: el surrealista Man Ray. Desde el 31 de enero y hasta el 21 de abril se puede  visitar la exposición  “Man Ray. Objetos de ensueño”, cuyas obras proceden de diversas colecciones privadas españolas y europeas, reunidas en exclusiva para esta ocasión. La selección fotográfica y de objetos del artista incluye más de un centenar de piezas, que fueron bautizadas por el poeta francés Robert Ribemont-Dessaignes como “objetos de ensueño”, porque se sitúan a medio camino entre los recuerdos, los sueños y los deseos.

Un aspecto de la exposición

A lo largo de seis secciones, la muestra recorre la obra del fotógrafo surrealista. Desde las rayografias, los retratos, los maniquíes y sus “objetos imposibles", hasta las “máquinas poéticas” producto de la relación y complicidad entre el artista y su gran amigo Macel Duchamp.



Fotografía de la obra de Marcel Duchamp "The young man on  a train" 1911.

Conocido como  Man Ray, Emmanuel Radnitzky nacido en Filadelfia el 27 de agosto de 1890, comenzó a usar una cámara para fotografiar sus primeras obras, pinturas y esculturas, aunque pronto descubrió que la fotografía era un arte en si misma, cosa que en aquella época aun era negado por los aristócratas de los pinceles y el cincel. Su visión fotográfica capta la sociedad parisina, realizando una serie de magníficos retratos y viviendo de la fotografía hasta que, junto a Duchamp y Picabia da a luz el Dadá neoyorkino. Posteriormente, halla en el surrealismo su verdadero espacio, en el que produce sus mujeres fatales, sus desnudos en los que equipara la belleza femenina a la de la máquina y sus juegos de dobles lecturas (mujeres violín, lágrimas diamante…).

Rayograma

"Electricité" 1931


 

 

 

 

 

 

 

 



Quizá las más características son sus obras abstractas. Los rayogramas o fotogramas eran imágenes obtenidas directamente en la ampliadora, pero sin la intervención de un negativo: colocaba diversos objetos sobre un papel fotográfico y al exponerlo, se producían unas siluetas inconfundibles, después imitadas hasta la saciedad. 


Fruto de su faceta investigadora es la solarización, técnica descubierta parece que accidentalmente por la fotógrafa y fotoperiodista Lee Miller en su laboratorio mientras le ayudaba en el trabajo de cuarto oscuro. Algo le asustó cuando se estaban revelando unos negativos y encendió la luz, lo que produjo una sobreexposición y una inversión tonal parcial de las imágenes. El fortuito efecto, que fue atribuido a Man Ray durante muchos años, puede producir imágenes insólitas y de gran belleza, aunque después se estandarizó el procedimiento realizándolo, de forma controlada, durante el revelado de la copia en papel. Tras la inversión, las áreas oscuras se transforman en zonas de luz y a la inversa, apareciendo un borde definido entre las zonas contrastadas. La fotografía digital puede obtener efectos similares mediante el ajuste de las curvas de gamma en forma de “V” invertida y alterando los parámetros de opacidad, con  capas de ajuste hasta obtener el resultado que se busca.


Siempre a la contra, en realidad fue fiel a los postulados dadaístas, buscando el absurdo y provocando el escandalo, para lo cual empleó el camino más corto y seguro: el erotismo.


«Despreocupado pero no indiferente», como le define su epitafio en el cementerio de Montparnasse.


Se puede y debe disfrutar de esta exposición hasta el 21 de abril en la Fundación Canal, C/Mateo Inurria,
2 en Madrid.